viernes, 28 de diciembre de 2007

Relato erotico lesbico

EL Círculo Azul.

Salía sin reloj, también entonces, cuando poco acostumbrada a la presencia de mis padres durante las veinticuatro horas del día, escapaba de sus juegos impuestos a batir marcas en la maquinita de pacman del bar de la esquina. Ahora, unos veinte años después, me sentía otra vez como el líquido gris y encerrado en una botella de plástico que distintos actores agitaban a golpes contra las cuatro paredes de una habitación. Eran las cuatro de la tarde y los cuatro rostros seguían encajados en el recuadro del televisor de la cuadrada habitación, del cuadriculado hotel en que habían decidido enjaularnos. Había intentado escribir algo, pero la cuadrícula del papel parecía ya una burla, así que, casi sin pensarlo, me vi rodando calle abajo de aquel pueblo con mar.

El día era claro y el cielo lloraba tintes de mil colores que tapizaban a lado y lado el túnel gris por el que me deslizaba, calle abajo. Pensaba en eso, en el trasfondo gris de la realidad, en la ilusión de los colores, en cómo mi cabeza se agitaba y los entremezclaba en ese gris indefinido e impenetrable, cuando llegué, me descalcé y bajé hacia la orilla de la playa.

Ya sobre la arena, fijé la vista en la línea infinita entre el cielo y el mar. Era bonita, aunque tampoco fuese real y significara solo que la tierra que los hombres se empeñaban en limitar entre ángulos rectos de leyes y paredes, era redonda y anárquica. Tal vez por eso resbaló mi mirada hacia la orilla, donde lejos, distinta del resto, una figura avanzaba despacio hacia el agua. Pequeña, débil y desnuda, sometía su cuerpo al poder de las olas. Hacía calor y de alguna forma, comencé a envidiarla. Ahogaba, con los suyos, mis miedos. Deseaba por momentos, más que nada en este mundo y sin saber muy bien porqué, dejarme fluir, escapar de la jaula, abandonarme a un sueño, sentirme un poco mar. Cerré los ojos, me dejé llevar…

“Deja que trace, en el lienzo de tu cuerpo, un camino sin retorno; que insinúe en tus labios los destinos, los pasos, las paradas, la sed. Que beba en cada una de tus fuentes el fluir de las aguas que me diluya la sal. Conviérteme en manos que nos paren el tiempo entre las manecillas de tus dedos; en suave piel que se deslice entre tu carne; en árbol que arraigue en tu pelo. Desnúdame a tu lado, quiebra mis cristales, destruye mis edificios. Deja que me haga río para abrazarte en mi recorrido; que cambie el don de mi inmensidad por encerrarte en mi cuerpo de charca. Líbrame del aire, de la condena de las olas que intentan, desde el principio de los tiempos, arrancarme de cualquier presencia. Que tu cuerpo me arranque la soledad.

En tu vientre germino, crezco, me transformo, me moldeo en la vida que no he sido. Por desatarme en tus caderas del nudo que me ahoga, del cordón no umbilical que no elegí. En tu sexo me enredo, en el perfecto hilo desde tu centro de agua a mi centro de agua. Deja que entremos, entra conmigo, déjame entrar…

Por tu placer, que ya es el mío, dame la vida. Y que estallen tus olas, ya para siempre, entre mis dedos.”

Ya no estaba cuando desperté. Seguíamos solos, yo y mi cómplice mar. En el cielo, el tiempo suspendido se desplomaba sobre mi cabeza. Como si pudiera así esquivarlo, emprendí el camino de regreso al hotel. Una mujer, sentí que había amado a una mujer. Sentí como me había amado a mi misma en una mujer…o lo había imaginado con el absurdo pretexto de ser mar…era el calor…el agobio…necesitaba una cerveza. O las dos que me bebí sin pensarlo el bar. Necesitaba, como entonces, por liberar la ansiedad tras haber robado una moneda, una partida de comecocos. Empezar y correr cada vez más rápido en un laberinto de puntos pequeños que iban desapareciendo, esquivar cada fantasma, recoger las frutas de colores, tras cada punto gordo que me diera unos segundos, siempre demasiado escasos, para comer fantasmas a mi vez, vaciar el escenario y pasar a una pantalla mejor. Con la edad, había perdido ya la práctica y a los pocos minutos, seguía hacia la calle el estruendo de mi móvil.

Eran ellos, que parecían acabar de darse cuenta de que más allá del televisor había un espacio en el que yo no estaba.

-Ya voy, Juan, ya voy.

Durante la cena, mientras tu amigo se quejaba de que las tías éramos muy raras y tú comentabas que habías salido después de mí para bañarte desnuda en la playa, me atraganté. Empezaron a acecharme, uno a uno, los fantasmas que bebían y comían en la mesa. Les reconocí y bauticé con el nombre de cada uno de mis amigos, recordé la forma de los puntos gordos en tus pupilas, supe por fin su sexo y que tú, habías sido el comienzo de un nuevo laberinto que para mí, acababa de empezar.

-¿Dónde estabas tú? Preguntaste…

Fijé la vista en un punto infinito, como suelo hacer, y como si la línea infinita y mentirosa entre cielo y mar tampoco evitase esta vez que mi mirada resbalara hacia algún otro lugar, me clavé en tus ojos:

-Jugando a los comecocos.

Todos reían y continuaste:

-¿Eso no es el juego de las redonditas que se comen unas a otras?

Ahora era yo quien no podía parar de reír. Todo seguía siendo mentira, como las maquinitas, como el cenimar. Era otra ilusión pero era mía. Era yo quien decidía su color. Y era azul.

Bebí un trago más…

-Mañana te acompaño, que ya no tengo edad para jueguecitos.